No sabemos si un día ya sea por el azar, destino o simple casualidad acabaremos conociendo al amor de nuestras vidas o esas personas que se nos cruzan seguirán siendo extraños en constelaciones perdidas que flotan hacia el abismo.
Nosotros soñamos despiertos, soñamos dormidos, soñamos surcando el aire en busca de algo idílico a lo que aferrarnos.
Pero no suele existir lo idílico, nos solemos quedar en el "I", y ese "I" se acaba convirtiendo en un "y por que no", y eso, acaba dándonos motivos para ser felices pero demasiados también para ser infelices.
En ese punto volvemos a la rutina, volvemos a nuestro corazón roto en parajes solitarios, volvemos a las nubes que inundan nuestra cabeza y nos dejan sin aire que respirar.
Nos asfixiamos, nos perdemos, buscamos colocar las estrellas de la forma correcta para conseguir la llave que nos lleve a nuestro deseo más profundo.
Y cuando lo encontramos, lo sabemos, sabemos que su mirada lo dice todo y a la vez no dice nada, sabemos que somos participes afortunados de su tiempo y de su vida, sabemos, que un pequeño ápice de su corazón es nuestro, lo sabemos cuando su mirada nos parece el océano más grande en el que nadar y navegar sin rumbo para siempre.

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