Duele. Estoy en una encrucijada entre mi corazón y mi mente.
No sé como actuar.
Me pierdo, me consumo como el viento ante un muro de piedra.
Soy esa grieta que puede hacer que el suelo se derrumbe bajo tus pies.
Sólo puedo pensar en la facilidad que tengo para fastidiarlo todo, para destrozar las cosas buenas que tengo en mi vida.
Pienso y reviento.
Me rompo, te destrozo y siento que sólo duelo.
Doler como antítesis de hacer feliz, esa soy yo; ese torbellino que arranca todas las flores de un jardín después de florecer.
Florecer para marchitarse, para no vivir, para perder cada uno de los pétalos a cada paso que doy.
Avanzo de dos en dos y parece que sólo me mueva un centímetro.
Moverme. La necesidad de hacerlo me corroe pero la parálisis es más intensa.
Ojalá la intensidad de mis acciones la pudiera frenar mi mente o mi cuerpo.
Debilidad. Es la palabra que me define, es la oscuridad que me llena de temor a cada paso que doy todos los días. Son meses de locura de desesperación de soledad.
Soledad ante el acantilado de mis temores y mis sueños; rotos.
Soledad ante la vida que me roba el animo de existir.
Soledad por andar sin pisar el suelo que sienten mis pies al moverme por el mundo.
Soledad por fingir que la luna brilla todas las noches y yo estoy feliz.
Ocurrencia de la vida esa de fingir que todo va bien, que la felicidad abunda y que yo no estoy rota por dentro, que yo, no he roto mi corazón en tantos pedazos que ni mi mente puede guiar a mi cuerpo por el mundo.
Bendita soledad, absurda amargura que me inunda.
Ojalá ser ingenua, ojalá encontrar la felicidad en esos instantes de mi vida que desaparecen de forma demasiado fugaz.
Duele, lo hace como sinónimo de vivir; de vivir la vida que uno elige, de hacerlo para poder dejar ese sufrimiento y encontrar la libertad.