Es triste, es duro, es difícil, lo es cuando todo acaba de repente, cuando todo acaba sin que tu puedas darte cuenta y protegerte ante ese final.
No es que acabe realmente pero no te lo esperas, empieza con algo o alguien y evoluciona, lo hace hasta tal punto que no puede sostenerse más y acaba derrumbándose. Yo hago lo mismo. Muchas mañanas, demasiadas tardes, infinitas noches. Caigo, me derrumbo entre las sabanas y espero que el día acabe, que ese momento se desvanezca como la luz del sol tras las montañas.
A veces me cuesta desprenderme de mis pensamientos en ese punto pero soy de las que cree que no hay nada peor que desconectar del todo. No creo que las personas seamos capaces de hacerlo o al menos, no del todo. No lo considero adecuado para nosotros, no se si me explico pero si abandonas tus vivencias, abandonas tu vida y al final, te acabas abandonando a ti. Sé que los recuerdos duelen, lo se demasiado, lo noto demasiado cada mañana y en cada momento pero vivo con ello.
Es algo difícil el pensar y el tener que vivir con ello pero en el fondo me hace más fuerte, más independiente, más yo y menos niña de mis recuerdos pasados.
Este último año ha sido duro, de hecho podríamos decir que ya van dos pero estoy aprendiendo, estoy viviendo de otras formas que jamás pensé que viviría, haciendo cosas que no pensé que querría hacer voluntariamente y disfrutando de los pequeños momentos.
Supongo que en eso debemos basar nuestra vida, en los pequeños momentos que no dejan que los invada el resto de oscuridad que nos consume a nosotros mismos.
Supongo que algún día dejaré de ser medio cínica y medio optimista y volveré a ser simplemente yo, a querer, a dejarme querer, a no tener miedo, a exponerme al mundo, a vivir más... pero ahora no puedo, sé que no soy capaz.
Tengo miedo. Yo lo sé y poca gente creo que se haya dado cuenta. Lo tengo de tantas cosas que quiero huir, hacerlo muy muy lejos, tanto que pueda dejarme aquí e irme sin mi misma. Hacerlo, para poder empezar a vivir.
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